Yugoslavia, 1993. Un diplomático venezolano de melena negra y con un bastón de madera saluda a los generales que comandan la misión de paz de la ONU en la cruenta guerra de Los Balcanes. Aquel funcionario llegó a ser presidente del Consejo de Seguridad, asesor del secretario general de la ONU y ahora pone sobre la mesa toda su experticia en resolución de conflictos para su misión más delicada: dirigir la transición política en Venezuela.
Diego Arria contrasta con el resto de los aspirantes por razones evidentes: canas, experiencia política y sagacidad. Su campaña perfila un liderazgo firme y determinado, con un discurso atractivo para el opositor más indignado. En este espacio compite con María Corina Machado, y se le acerca mucho como una táctica para cautivar a sus electores con guiños concretos, como la posibilidad de designarla vicepresidenta.
Su oferta programática se define en una sola idea: desmontar el aparato de poder del régimen con una Constituyente.
Escenifica dos caminos: el de la sustitución de un gobierno por otro y el de una transición que no aspira a ser serena, que reivindica con insistencia los logros de un pasado que fue mejor. Estos dos ingredientes son el punto débil de su estrategia: encajan perfectamente en los atributos que el relato chavista le asigna a su contrincante ideal.
Arria concentra sus limitados recursos de campaña en una actividad intensa en las redes sociales, publicidad exterior bien empleada y un uso eficiente del espacio mediático.
Su mensaje ha evolucionado desde el "Firme por Venezuela", antes de inscribir su candidatura, hasta el eslogan "Vota a conciencia" que apela directamente a una de las mayores amenazas de su candidatura: la economía del voto, que usualmente liquida a los candidatos minoritarios en un escenario polarizado.
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